martes, 29 de abril de 2008

the sugar is raw

El diabólico, hilarante e inevitable beat inicial de “4 minutes” hacía presagiar todo. Su majestad (Her madgesty, como le dicen en gringolandia en un juego de palabras con su nickname “Madge”) está de regreso. A un par de meses de cumplir los 50 años, esta mujer que se ha paseado por todos los estilos musicales y de imagen que ha logrado imponer (y porqué no, que le han impuesto), vuelve con un disco tan fresco, pero que a la vez parece haber sido escuchado tantas veces. Y vuelve a impactar y porqué no decirlo, a recuperarnos la fe. Y aunque el personaje mismo dejó de ser solo un mero referente para la industria discográfica (aparte de incursionar en el cine, está en cuánta campaña “solidaria-mundial” exista y es rostro principal de todas ellas) lo que acá nos convoca es su nuevo experimento musical, que fue lanzado hoy, 29 de abril, a nivel mundial. Hay un claro antes y después en su carrera como cantante: El disco “Ray of Light” (1998) con su reconvención al Kabbalah y su maternidad, la hizo virar hacia una electrónica etérea y compleja para el gran público. Personalmente, es el mejor disco de su carrera. William Orbit fue el productor. Luego vino “Music” y la paleta de colores se amplió. Mucho trip hop y beats electrónicos más sofisticados de la mano del productor Mirwais. Entregó un sonido más amable para los oídos del mundo (digo esto, pero no olvidar que Madonna siempre será Madonna, así como el pop siempre será pop. Se entiende?) y un par de hits inolvidables: "Music" y "Don’t tell me". Lo primero que escuchamos del incomprendido “American Life” fue “Die Another Day”, el tema compuesto para la película homónima del agente secreto James Bond. Luego vino un grito antibélico con la polémica de rigor por el video del single "American life" (un desfile de modas que terminaba con tanques y bombas). Y es que Maddie tenía que ponerse a tono con el discurso oficial que repudiaba el ataque a Irak por el señor presidente de los EE.UU. “American Life” fue un fracaso de crítica y en ventas. La faceta aguerrida de la chica material no gustó a todos. Poco duraría el desencanto, porque Madonna se saca las ropas color verde militar y las cambia por lycras y corsés, peinados a lo Farrah Fawcett y la onda disco tiene su revival. Porque la consigna acá parece ser que la fiesta es eterna. “Confessions on a Dancefloor” fue vendido como un disco hecho para la pista de baile. Y lo era, pero para una pista de baile de discotheque gay, con ese trance electrónico inacabable y que solo a ratos resultaba pegajoso. Es un buen disco, que la devuelve a su faceta más pop. A la Madonna de siempre, la reina de la fiesta. Pero vendría más y mejor.



Como ya lo he comentado con varios, Hard Candy suena más a “melt” (fundido, derretido…entiéndase como “pegajoso”) que a hard. “4 minutes”, ese notable dúo con el igualmente notable Justin Timberlake es solo el comienzo. Porque el verdadero disco bailable y pop está acá y no en “Confessions…”. Acompañada de Pharell, Kanye West, Timbaland y el propio Justin, Madonna se aleja de la electrónica elaborada, de la religión que predicaba en “Ray of Light” y se lanza un trabajo con la simpleza de la Madonna de los ochenta, pero con la modernidad de los tiempos que corren. “Candy Shop”, el primer corte presenta parecidos al pop negro de Janet Jackson. “Give it 2 me” es un corte imparable, quizás uno de los mejores tracks del disco. La fiesta está desatada. “Heartbeat”, “Beat Goes on” y “Dance 2night” son dignos ejemplos de la factoría "timba-lake" (Timbaland-Timberlake) pero siempre con el fraseo sencillo y toque dance. “She’s not me” e “Incredible” son tracks que sorprenden por su experimentación. Si se escuchan con detención (y tampoco vale tanta) notarán que en ellos hay dos y hasta tres canciones distintas en una sola composición. Es un riesgo, que viene bien, al que nos acostumbramos y terminamos aplaudiendo. “Miles Away” es menos dance, pero es la prueba fehaciente de que en este disco Madonna vuelve a la sencillez de los singles del comienzo de su carrera. Por esto, no suena antojadizo decir que “Miles Away” solo a la primera oída se convierte en un clásico instantáneo. Por último, y nunca exenta de influencias, “Devil wouldn’t recognize you” es un track que suena tan a “What goes around…comes around” de Justin, que parece difícil no imaginar la importancia que tuvo el músico en la arquitectura de Hard Candy.
La reina ha vuelto. Ya es un hecho, y lo demuestra con este disco. El mejor en mucho tiempo. Más limpio, más urbano, más simple y directo en lo que quiere lograr. Un disco para tener y atesorar como el ejemplo del mejor pop. Ese que se baila y no cansa. El caramelo más pegajoso que puede llegar a tus manos.

sábado, 5 de abril de 2008

We only got 4 Minutes to save the world

HARD CANDY. NEW ALBUM. 28/04/08.


jueves, 14 de febrero de 2008

La expiación del cine


Nunca quedamos contentos con la adaptación de uno de nuestros libros preferidos llevado a la pantalla de cine. Siempre sale ganando el texto escrito. Pareciera que la palabra evoca sensibilidades que la imagen no logra captar. Si es por eso, festejemos la larga vida que le queda a la literatura, aún cuando muchos pronostican su extinción. Mi gran amor es el cine, pero confieso que tengo un amante: la literatura. Ahí cuando el celuloide decepciona, las páginas de una novela acarician mejor, me excitan y me llevan a un nivel de placer superior, de una manera como el cine no lo venía haciendo. Un libro es un refugio, que conmueve y apasiona. Cuesta encontrar esa novela que provoque tanto que mientras la lees, exclames a favor o en contra de los actos en los que se ven envueltos los protagonistas. Cuando leí “Expiación” de Ian McEwan me sucedió eso. Es una novela ambientada a mediados de los años 30, escrita en los años ochenta, por un autor que supuestamente inauguraba junto con otros de sus contemporáneos (Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro), una nueva generación para las letras inglesas. Sin embargo, el tipo de narración que se da en “Expiación” tiene más asidero en un periodo anterior, decimonónico, similar al de Jane Austen. Es más, según el propio autor, la inspiración para escribir la novela la encontró en “La abadía de Northanger” de la escritora inglesa. Resulta curioso entonces el riesgo de McEwan en llevarnos a un tipo (y un tiempo) de escritura antigua como un acto de transgresión, y desde ahí, innovar y presentar algo nuevo.

Esta es la historia del hijo de la nana, acusado incorrectamente de violentar a una muchachita en las afueras de una campiña británica. En sus descargos muy posteriores contra su principal acusadora le tira en cara que su odiosa familia había encontrado en él al perfecto pervertido plebeyo, pobre y aspirante a delicado. La acusadora es la más pequeña de la familia, que trama toda esta calumnia luego que su fantasiosa imaginación crea que el hijo de la nana está violentando sexualmente a su hermana mayor, cuando la verdad es que consolidaban su amor hasta ese momento no verbalizado por ninguno de los dos, en la biblioteca de esta enorme campiña de verano. La acusadora se llama Briony y no tiene más de 13 años. La victima de su acusación es Robbie, y su hermana, Cecilia. Cee, para los amigos. Los amantes se ven separados por el envío a prisión de Robbie, y luego por la 2 Guerra Mundial donde Robbie es enviado para restar años de su condena, mientras Cecilia ya lejos de su pudiente familia, se las arregla sola como enfermera.



“Expiación” habla, por sobre todo, del arte de escribir, de la creación de personajes y del destino que les damos. Seguramente Briony y McEwan sean solo uno, porque de su pluma, o de su máquina de escribir dependen los derroteros que tomarán nuestros amantes. Esto queda claro hacia el final de la novela donde se cumple el acto de expiación de Briony.
Imposible que este portento literario no tuviese su adaptación cinematográfica. Y donde todo parece resultar un fiasco, acá está lejos de serlo. Y vaya como lo celebramos. La adaptación llevada a cabo por el diestro Christopher Hampton (“Relaciones Peligrosas” de Choderlos de Laclos, “Un americano impasible” de Graham Greene) es impecable. Casi perfecta. Eso sumado a la magistral dirección de Joe Wright (“Orgullo y Prejuicio”) que hace rozar en no pocas veces a la cinta en los terrenos clásicos, encumbrándola a ese territorio sacro de las grandes películas románticas y de guerra que el séptimo arte nos regala cada tanto. Wright nos roba el aliento con un primer acto perfecto: nos lleva a ese Edén en el día más caluroso del verano de 1935 cuando los cuerpos se desatan al “pecado”, y donde el ojo y la imaginación de una niña entre perversa y brillante, mira, juzga y condena para siempre a una pareja de enamorados. Wright continúa sobrecogiendo en una escena magistral de más de 5 minutos sin cortes, en plena Guerra Mundial, en la bahía francesa de Dunkirk donde asistimos a Robbie en su desolación y en los horrores que para ambas partes enfrentadas deja una guerra. Está ese torrente de conciencia de Robbie, donde escribe y piensa en Cecilia. (“I Love you. Come back, come back to me” repiten los amantes, a modo de penitencia mientras llega el momento del ansiado reencuentro), y por último está la reflexión sobre el arte de escribir, la literatura y la creación, en los potentes ojos azules de una Briony de setenta años representada por la inmejorable Vanessa Redgrave.



El próximo domingo 24, “Expiación” está nominada a 7 premios Oscar. La Academia quedó corta o se le hizo grande una película aún más grande que su apoteósica ceremonia de premios. Dos películas basadas también en novelas (“Sin lugar para los débiles” y “Petróleo Sangriento”) tienen todas las de ganar. Son “made in EE.UU”, y ambas son una metáfora que tiene más de tufillo político que cinematográfico. Lo que está bien pero acá hay más sutileza, elegancia, inteligencia, y por último un cine de muchísimo mayor convocatoria que dos áridos mamotretos impecablemente filmados, pero que no generan pasión ni reencanto con la gran pantalla.
Al igual que la novela, con “Expiación, deseo y pecado” (como torpemente le superpusieron en su traducción al español) no estamos frente a una película fácil en el sentido del ritmo. Hay que mantener atención porque hay un exquisito juego de montaje que tiene como fin mostrarnos los hechos desde ángulos y versiones distintas. Y el ritmo, muy fiel a la novela inglesa más tradicional, es in crescendo, pausado y delicado, como que se cuela por los dedos. No es un filme para domesticados en la acción rápida, en las persecuciones y los balazos a diestra y siniestra, donde hay buenos ejemplos, pero dejemos eso para otro rato.
Así como me dijo un colega crítico, probablemente “Expiación, deseo y pecado” no tenga sus adherentes en los más jóvenes, en los que andan buscando el cine raro, bizarro, extravagante y, por tanto, "lo moderno". Pero sí lo tendrá en aquellos paladares exigentes, en los amantes de la literatura, en los que van al cine buscando una pieza de arte verdadera y literalmente bella, en los interesados en las historias de antaño y los amores imposibles. Porque si lo piensan mejor, si “Expiación” no es una apuesta arriesgada en tiempos de montaje de video clip, efectos especiales de última generación, y comedias de grueso humor y calibre, entonces qué?

miércoles, 23 de enero de 2008

El día en que el cine se fue a negro

Fue un martes extraño. Un martes absolutamente cinematográfico. Importó poco la debacle de las bolsas mundiales y la crisis con el Dow Jones. Fue un martes que dejo un gusto agraz en el paladar cinéfilo de muchos. Quizás la anécdota más farandulera y superficial fue ese extraño encuentro entre el senador Fernando Flores y el célebre (hoy cuesta abajo) cineasta Francis Ford Coppola en los pasillos del Congreso Nacional. Déjenme decirles que al lado de las otras dos noticias, la sacudida de manos entre Flores y Coppola queda como una noticia bastante menor. Quizás si la visita hubiese sido la de su hija Sofía, yo y muchos hubiésemos andado cerca del terminal de buses sacando pasajes rumbo a Valparaíso, pero no fue así.



Las noticias comenzaron temprano. Martes 22 de enero, día de nominaciones a los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood que entrega la prestigiosa (a esta altura no tanto) estatuilla llamada “Oscar”. Desazón es la palabra, porque la Academia que este año cumple su aniversario número 80, pudo haberlo festejado de una manera más digna. Sin embargo, y si nos dejamos de pataleos idealistas, todo resultó y resultará (el 24 de febrero es la gala) muy de acuerdo a la lógica impuesta por años. Que una película como “Michael Clayton”, cuya única razón de existencia es darle un nuevo espaldarazo al, a mi gusto, super - hiper y sobrevalorado George Clooney, tenga seis nominaciones incluyendo todas las categorías principales, es una absurda exageración. Claramente es la respuesta y el freno a una película inglesa que pretendía barrer con todo. Me refiero a “Expiación” (Atonement), basada en la magistral novela de Ian McEwan y superior en sutilezas, de gusto más artístico y de tono más delicado. Claramente sinónimos que no conjugan bien con lo desechable, con lo práctico y lo básico de la mentalidad norteamericana y, específicamente, hollywoodense. Como una ironía que confirma mi teoría, “Michael Clayton” tuvo 6 nominaciones, empatando con “Atonement”, pero le robó la categoría clave: Mejor Director. Sí, “Atonement” o “Expiación” logró estar entre las cinco nominadas a Mejor Película, pero no le sirve de nada porque Joe Wright, su director, está ausente en la quina a Mejor Director. Las cuatro restantes tienen más opciones, incluso la independiente, prometedora y eficiente “Juno”. Empecemos por parte: los hermanos Coen se merecían su lugar por “Sin lugar para los débiles” o “No Country for Old Men”; Julian Schnabel por la aún inédita y difícil de conseguir “The Diving Bell and the Butterfly” era número puesto luego que se llevara un Globo de Oro hace días atrás por la misma categoría. Jason Reitman por “Juno” se entiende por el subidon que ha tenido la película en cuanto a espectadores y en las apuestas. Y Paul Thomas Anderson (“Magnolia”) dicen que hace una maravilla con este relato semejante al de “Ciudadano Kane” en “Petróleo Sangriento” o “There will be Blood”. Pero llegamos a lo mismo: Tony Gilroy (“Michael Clayton”) le arrebata el lugar a Joe Wright (“Expiación”), y deja inmediatamente lejana la opción de su película a llevarse el trofeo máximo de la noche. Me pregunto, y dejo abierta la interrogante hasta cuando tengan el placer de ver “Expiación”: ¿Podría Gilroy igualar en talento a Wright y construir ese perfecto primer acto de “Expiación” y esa toma sin cortes que se hace contundente y emocionante en la costa francesa de Dunkirk en plena Segunda Guerra Mundial (ejercicio que inmediatamente quedará marcado como un gran logro cinematográfico para quienes somos aficionados al séptimo arte)? Queda claro entonces que el embelesamiento de la Academia por “Michael Clayton” no tiene fundamentos. No estoy diciendo que “Michael Clayton” sea una mala película, pero a las claras es la más inferior de las cinco nominadas en la categoría principal. Deja en claro que la Academia sigue siendo conservadora, pechoña y fome. Y esta vez pecó de “gringuismo”. Es probable que el próximo domingo 24 de febrero se repita la injusticia de hace un par de años, cuando la contienda daba clara ganadora a “Brokeback Mountain” y pierde por ese bodrio olvidable que fue “Crash”.
Menos mal que ahora estamos avisados de mucho antes.

“Brokeback Mountain”: qué gran película y lamentablemente es mi gancho para hablar de la noticia más triste que ha recibido el mundo del espectáculo mundial en quizás mucho tiempo. Digo lamentablemente porque entiendo que a nivel popular Heath Ledger se haya hecho conocido por el rol en el filme de Ang Lee, pero todos sabemos el doble juego de adjetivarlo como “el vaquero gay”. Por eso me molestó el morbo que produce su figura ante quienes (y que es la mayoría) no conoce su filmografía lo suficiente como para juzgar el enorme talento que Heath tenía. Murió joven, como River Phoenix por esa misma y maldita adicción que hoy nos aleja de Heath, joven como el mítico James Dean en un accidente automovilístico. Tanto que nos deja. “10 cosas que odio de ti”, “Corazón de Caballero”, “Casanova”, “Los Hermanos Grimm”, “El Patriota”, “Brokeback Mountain” por cierto, quizás su trabajo más importante, su Ennis del Mar es un personaje complejo, lleno de matices, que él supo comprender y que engrandeció en pantalla. Tanto, que obnibuló a su compañero Jake Gyllenhaal y se hizo merecedor de una nominación a los premios de la Academia (Sí, a veces el tío Oscar no es tan injusto). Hace poco tuve la suerte anticipada de verlo en “I’m not there” esa suerte de homenaje en vida a la figura de Bob Dylan. Heath personificaba a un actor que interpreta a un músico (Christian Bale) que seguramente es Bob Dylan en algún momento de su carrera. Su pareja en pantalla es Charlotte Gainsbourg, y aunque el gancho de esta película sea la impecable transformación de Cate Blanchett como el músico norteamericano, el trabajo de Heath cumple con creces. Nos dejó a Mathilda, su hija de dos años, fruto de su matrimonio con Michelle Williams (Sí, la Jen de “Dawson’s Creek”) y que conoció durante el rodaje de “Brokeback Mountain”. Y nos dejó su último trabajo, quizás el que lo alzaría a las grandes lides. En julio, y de manera póstuma, lo veremos como el Guasón en “Batman: The Dark Knight”, la esperada secuela de “Batman Inicia” dirigida por Christopher Nolan (“Memento”). Desafortunadamente para Jack Nicholson, que hace poco se manifestó enojado porque sólo él podía interpretar al Guasón, ahora el personaje le corresponde a Ledger, de aquí hasta la eternidad. Hay pena por la forma en la que ocurrió su deceso, pero quizás la pena mayor fue la incalculable pérdida que deja su partida. Porque Heath era uno de los grandes. Porque más que pena, también me dio rabia, porque tenía tanto para entregarnos y quedan tan pocos talentos genuinos como el que entregó nuestro querido y ahora eternamente recordado Mr. Ledger. Te mantendremos vivo con tus películas. Gracias por todo y que descanses.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

make me beautiful

Ya ví los primeros cuatro episodios de la quinta temporada de Nip/Tuck. Porque los cirujanos plásticos más extremos de Miami se cansaron de las arenas blancas y las palmeras, pero continúan con las altas temperaturas. Esta vez, al pie de los míticos montes que parecen hechos de celuloide. Christian Troy y Sean McNamara se mudan a Los Ángeles. Lugar de sueños, estrellas y promesas de fama incumplidas. El valle por donde pululan miles buscando popularidad y una portada en “In Touch”, “Us”, y si la suerte anda bien, en “People”. Si no quieren saber de qué va esta nueva provocación de Ryan Murphy (el creador de esta adictiva serie), les recomiendo no seguir leyendo, porque a continuación daré a conocer unos cuantos spoilers que pueden matarle la sorpresa a muchos.
La escena abre y se oye a Michael Bublé con "The best is yet to come". Imposible mejor indicador para saber lo que se viene luego. Christian y Sean llevan unos cuantos meses instalados con una clínica en Los Ángeles y aún no estrenan pabellón ni bisturís. Están preocupados. Con decirles que hasta los peces del acuario les quieren embargar, mientras matan el tiempo encestando tiros en una malla de basquetbol que tienen dispuesta al medio de la sala de operaciones. Idean ir a fiestas para hacerse promoción y se encuentran con una agente publicitaria que los salva del derrumbe: les ofrece participación en la creación y en la salida al aire (o sea, actuando) en una serie de televisión de cirugías plásticas llamada “Hearts ‘n Scalpels”. Y acá comienza lo interesante, porque veremos una serie dentro de otra igual. Una suerte de metalenguaje que, claro, es tratado como la más básica entretención, pero que un ojo agudo valora como un acierto del guión. A Christian lo “borran” de pantalla y Sean comienza a ser acosado como la nueva estrella de televisión. Tanto, que comienza a salir con una actriz del elenco, la que tiene problemas con un síndrome de sobrepeso, baypasses gástricos, y un autoestima por los suelos. Y Christian, menoscabado en su enorme ego, instiga a esta agente para subir sus bonos de popularidad. La oferta: una sesión de fotos donde el doctor aparecerá desnudo para una revista para mujeres, pero que en realidad leen los gays, “la mafia gay” como le llaman en la serie, esa que es poderosa en influencia, el circuito “hype” como le llamarían en la jerga coolhunter, y que unido a la notoriedad alcanzada por su colega en la serie de televisión, le servirá a la dupla para estrenarse profesionalmente en esta nueva ciudad. Los clientes les llueven, y como ya nos tienen acostumbrados…vaya qué clientes tienen. Comenzando por las dobles de Marilyn Monroe que se pasean por el Paseo de la Fama y que protagonizan una de las mejores imágenes que nos ha entregado la serie: Troy siendo rodeado por estas dos símiles a la diva de los 50 después de una noche de sexo.
La familia está lejos. Christian y Sean viven solo con el pequeño Wilber, el hijo adoptivo de Christian al que finalmente le entregan la tuición durante la cuarta temporada. Julia vive en Nueva York junto a sus hijos menores, Annie y Connor, el menor con malformaciones en las manos que nació durante la temporada anterior. Julia en un llamado telefónico, les avisa a la dupla que irá a visitarlos porque quiere contarle a Sean que tiene una nueva pareja, “Ollie” (la actriz Portia de Rossi, en la vida real pareja de la comediante Ellen DeGeneres). Sí, Julia luce su nueva condición de lesbiana. Y a Sean le baja el previsible machismo de porqué su ex esposa se convirtió al lesbianismo después de dejarlo. Ollie tiene una hija, Eden una adolescente bastante sugerente que llega a la consulta de Sean para que le recomponga su himen que fue dañado luego de un accidente ecuestre. De ahí, la relación de Eden con Sean es como una nueva versión de “Lolita” de Nabokov, o una nueva lectura del personaje de Kevin Spacey en “Belleza Americana”. Agréguenle a eso a Annie, que influenciada por su nueva hermanastra Eden, le pide a su padre una liposucción para conquistar a un chico de la escuela. Y como su padre se la niega, cede a las exigencias de Eden para que experimente con la bulimia. En paralelo, y por accidente, Christian se convierte en un gigoló por las noches, seduce mujeres y le pagan por una sesión de sexo. Eso, hasta que una de sus clientes le pide cumplir una fantasía de hielos en una bañera, de hipotermia y posterior “resurrección” mediante el acto sexual, práctica que la lleva al borde de la muerte y que Christian se arrepiente, reza en una iglesia y expía sus malas acciones ayudado por una monja, a la que acaba de reducirle las pechugas y que la convertirá, después de un pasado no tan santo, en una real sierva de Dios. Por otra parte Matt, el hijo de Sean y Christian, que acaba de ser padre de una niña que tuvo con la díscola de Kimber, llega a pedir ayuda a sus padres, porque de nuevo Kimber lo ha abandonado y él queda en calidad de padre soltero. Los padres lo apoyan, pero acto seguido, vemos a Matt llegar a una pieza de hotel toda destartalada, con el bebé a cuestas, y con Kimber sentada en el suelo de la cocina, drogada y como pidiendo que le inyecten nuevas dosis de cocaína. Matt se une en el juego, y la escena impacta, terminando con la pareja en una intensa escena de sexo, drogas y rock ‘n roll de fondo.
Así es como todo este exceso vuelve, y renovado. Porque el show de televisión en el que se ven envueltos los doctores actúa como un interesante telón de fondo. Porque con el correr de los episodios, nos revela detalles escabrosos del glamoroso mundo de Hollywood y la industria del entretenimiento. Desde adentro, desde ellos mismos. Una disección profunda en lo más patético del star system, y Nip/Tuck es el injerto morboso para espectadores hambrientos por más.

Para Buenos Aires, dedicado a mi gran amigo G. que llega pronto a Santiago a pasar las vacaciones de verano.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nada se pierde, todo se transforma

"Ansiedad, de tenerte en mis brazos, suspirando palabras de amor…"

Suena Nat King Cole y esto huele a nostalgia. La cándida fotografía de mi sobrino de 8 meses surtió el inesperado efecto. El peninsular se enterneció con su otrora “sobrino político”. Y no pudo más. ¿Me puedes llamar a mi casa?, me dijo. Yo titubée. “Dame diez minutos que termino de conversar con un amigo y hablamos” siguió. Y yo escueto con un “Ok, perfecto. Te llamo”. Me desconecto, apago el computador, libero torpemente el teléfono de una maraña de cable enredado. Quiero un cigarro, no hay fósforos. Cuando ya los hay, no logro prenderlo con habilidad. Miro el celular esperando que pasen los 10 minutos acordados. “Córtate los dedos, no lo llames. Hazlo esperar. Qué se pudra. Pero algo quiere, quiero saber”. Todo esos pensamientos pasaban a mil por hora. Eran 20 para las dos de la mañana, tengo que levantarme temprano porque tengo que ir al diario, por la tarde hacer una entrevista a un prominente escritor para un trabajo del postgrado. Y me da lata todo. Porque desde que esto terminó, así ando. Apático, desanimado, sin entusiasmo por nada. Ni siquiera por el cuarentón, adinerado, macizo, profesional y galán. El Mr.Big que me anda rondando y del que no hago más que escabullirme. Apenas sonó por el otro lado del auricular todo cambió. Volví a escuchar a la misma persona que disfrutaba hace unos cuatro meses, antes de su partida a Italia. Hablamos 45 minutos y fue un déja vú constante. Su tono, su ritmo, su intención. Era el mismo, parecía nunca haberse ido y parecía que nunca esto se hubiese terminado. Estaba calmado, sin que nadie le interfiriera el momento. Hablamos del trabajo, de su aún incierta estancia en Chile pero de sus ganas de quedarse por mucho tiempo. La tormenta de la ruptura había amainado en ambos. Hablamos de las probables conquistas o coqueteos que hubiésemos tenido durante este tiempo. Para los dos hubo, pero nada de importancia. “Todavía estoy como fatigado, incómodo por lo que pasó” me confesó. Nunca le dije que me pasaba lo mismo, sí le dije que no tenía deseos de estar con nadie. Nos reímos con un mensaje de texto que recibí el domingo de parte de él, donde me contaba que estaba comiendo un helado San Francisco de Tronco de Castaña, nuestro favorito, y como inmediatamente yo partí por uno igual. Hablamos de un video de you tube donde se mofan de Monica Belucci y nos reímos. Me contó que estaba saliendo poco (lo noté al verlo estas últimas semanas, todos los días conectado a Messenger), que se iba a Italia a pasar Navidad y Año Nuevo, que vuelve en enero porque tiene unos seminarios que realizar, que no sabe qué hará en febrero porque le han dicho que nadie anda en Santiago, y que en marzo termina su magister y si no encuentra trabajo estable, a su pesar, deberá marcharse. Pero no quiere y hará lo imposible por quedarse. A veces las conciliaciones resultan cuando son menos forzadas, cuando no hay por delante “un tiempo” o un “intentémoslo de nuevo” para cumplir. Es la primera llamada telefónica después que todo quedó irremediablemente atrás (después de su desubicada “runaway” el día de mi cumpleaños) y creo que es muy pronto para aventurarse sobre lo que va a pasar a corto plazo. Quiere que volvamos a conversar mañana, claro que un poco más temprano que hoy. Todo dice asegurar que retomaremos el ritual de las conversaciones telefónicas eternas que tuvimos en un primer momento. Me dice que no debo quedar atrás con mis clases de italiano. No le respondo nada claro. Lo único claro es que, a mi pesar, me siguen pasando cosas. Cosas que no siento por ningún otro y que al parecer no quiero sentir. Aún está presente, no se ha ido. Sigue marcando terreno y sutilmente no quiere ceder. Demostró celos cuando me preguntó altaneramente por “ESE” que me pretende. Después le dije que nunca le he fallado, a lo que asintió, y yo rematé con “acá el que ha fallado es otro”, y hubo un afirmativo silencio desde el otro lado. Y así. Momentos tensos pasados por terciopelo, porque fue una conversación descontaminada, voluntariosa, como de bienvenida. Y sí, quizás tropiece de nuevo con la misma piedra, pero cuando el sentimiento manda, nadar contra la corriente se vuelve inútil. Que pase lo que tenga que pasar.

“Si estás oyendo, vuelve. Ni siquiera saludes. Con la luz de la mañana, abre puertas a patadas. (Niño) vuelve que no hacen falta razones… Me muero por verte, volver a tenerte”.
Ese último momento. Alejandro Sanz
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viernes, 23 de noviembre de 2007

Yo no soy ese

Escucho canciones de amor, idealizo una relación de pareja, hago regalos, compro flores, invito a comer y me preocupo cuando está enfermo o tiene una dolencia. Pero… “yo no soy ese que tú te imaginas, la paloma blanca que le baila al agua, que ríe por nada…ese niño sí, no. Ese no soy yo”. Bien que la cantaba Mari Trini.
Es complejo darte cuenta que, en realidad, no eres así. Que todo forma parte de un simulacro, de la grandiosa actuación de tu vida: La de sentirte enamorado. La de cumplir el rol de “pololo, pareja o amante”. A ratos suena idílico provocar que florezcan los árboles, que suenen los pajaritos, que el encuentro sea furtivo e inolvidable como en la mejor película norteamericana, o tener conversaciones llenas de frases y reflexiones para el bronce (como los diálogos de Dawson’s Creek. Sí, veía D.C, soy viejo, me quedé en el pasado, ¿Y?). En fin, ahora que miro para atrás vi que monté la escenografía perfecta para que los actores se movieran a la perfección y dijeran sus parlamentos con claridad. La misma exactitud con la que embelesé a los espectadores y oyentes de mis aventuras. Algunos hasta me miraron con incredulidad ante lo extremadamente maravilloso y perfecto que sonaban mis relatos. Y era así no más. El esfuerzo por hacer funcionar “una máquina” que debía andar y provocar en mí, en mi pareja y en el resto, sentimientos de un momento inolvidable. Fue bonito, no lo dudo ni me arrepiento. Pero ya no más.
No necesité de ningún tipo de terapeuta para saber que, en realidad, no soy para eso. Desgraciadamente soy mucho más impersonal de lo que pensé. Afortunadamente soy una persona independiente, que goza de su libertad de moverse solo por el mundo. Que no le gusta que lo controlen, que si lo hacen saca a relucir su peor humor. Quizás lo mejor sea una relación a distancia, porque me aburre estar siempre tocando la misma tecla. Por motivos prácticos aún tampoco puedo: vivir con tu madre, ignorante de tu condición, súmale mi desinterés por desempolvar lo que creo que es un tema íntimo, propio y que si no quiero no lo cuento, da como resultado que me complique tener que cumplir con obligaciones de alojamiento y estancia permanente con una persona. Por más que la quiera mucho.
Creo que durante todo este tiempo cumplí un rol que está fuera de lo que mi esencia parece gritar a voces. Todo esto se resume a que no sé si quiera estar con alguien, como tradicionalmente se está. Sueno cínico, descreído y un poco frío. Sí, quizás lo sea. Egoísta y mañoso también. Pero deshonesto nunca. Creo que el amor es el sentimiento más maravilloso e incomparable que pueda sentir un ser humano vivo, pero hay acciones y actitudes que no se deben forzar para que lo que ya es perfecto, sea empalagoso. Quizás el papel del guión anterior me calzó a la perfección por cierta inmadurez, por el deseo quinceañero de ver las estrellas por las noches, por dibujar corazones en el cuaderno, o por tallar en los árboles las iniciales de tu nombre y el de él. Y no digo que esté mal, pero creo haber crecido. Disfruto de la compañía de alguien que respete mis espacios de la misma manera que yo hago con el resto. Seguramente esto de encaminarme poco a poco hacia la treintena me haga ver las cosas más como un adulto. El enfoque es distinto y soy otro.
Termino este relato escuchando en el iTunes una canción de Miranda! cuyo estribillo dice: “No voy a ser tu galán, fue la primera cosa que yo pensé…”. Justamente es eso. Es lo que hay.

lunes, 5 de noviembre de 2007

"No me hablen más de ese caballero".

No tengo casa en Miami, ni me he casado con un ex presidente. Tampoco tengo mi juego de maletas Louis Vuitton ni un penthouse en el barrio San Damián. Pero nos une a cada uno, un hombre peninsular. Uno que conocí a fines de marzo, y ella –contando desde la fecha que se hizo vox populi- en mayo. Ambos no queremos dar más explicaciones sobre nuestro romance. Terminó y punto.
En mayo, cuando el affaire Bolocco-Marocchino salió a la luz pública sentí que algo tenía en común con la diva de Chile. Porque no usaré sandalias ni haré comerciales de cosméticos para una de las grandes tiendas, pero tenía mi “cartita bajo la manga”. Un abogado de 30 años, proveniente de Roma, mi profesor particular de italiano, avecindado –en ese entonces- hace ocho meses en Chile-, que colaboraba académicamente para una universidad pagada y realizaba un magister en derecho internacional en una universidad pública. Intachable, un macho heterosexual por donde se le mirara. Serio, masculino y afable. Su sueño: trabajar para la Unión Europea en Latinoamérica. Quizás ese sueño fue el “tercero” en nuestra historia. A modo de análisis, al parecer él siempre tuvo prioridades mayores que la de formar una pareja.
No quiero parecer mal agradecido porque sentirme enamorado fue maravilloso. Nuestra aventura lo fue. El tiempo que duró fue un galán, y la distancia fue quizás lo que más dolió en todo esto. Porque enfrió lo que había, porque tanto ni yo ni él éramos los mismos después de su regreso desde Italia. Esa fue la impotencia que sentí después del quiebre, que las cosas no se hubiesen mantenido tal cual se dejaron, el darme cuenta que posiblemente el lazo que intentamos unir fue frágil cuando lo que más pretendí es que no fuera así.
Tantas cosas y tantas recriminaciones cuando una historia llega a su fin. Sin embargo, duele más el juego, a ratos perverso, de querer reconquistarte cuando el acuerdo de no seguir juntos ya estaba claro. Cuando te invitan a almorzar el día de tu cumpleaños, pero te anticipan que a la celebración que tienes en la noche no irá porque “se viaja con amigos del magister a Lima”. Esa doble jugada, bipolar y cruel, que en un comienzo sigue doliendo, pero que termina alejando más y confirmando desilusión y apatía.
Tengo mi Messenger dividido por categorías, al “signore” en cuestión lo tenía encerrado en la categoría “il mio amore”. Ayer, actualizando datos, lo arrastré hasta la categoría de “otros contactos”, al no encontrar otra donde encasillarlo. Y quizás esa haya sido la prueba más tangible de este rompimiento. Son gestos insignificantes pero muy reveladores. Son tus duelos propios. Cuando simbólicamente pones la lápida, la limpias, le pones flores y apoyas una de tus manos sobre ella para levantarte y dejar atrás. Y que se queden los buenos momentos y que la experiencia hable por sí sola en un futuro.
El viernes que pasó viví uno de esos encuentros que te dejan hinchado y sobreexcedido de cariños. Algo así como treinta voces –y faltó poco menos de la mitad- me cantaron el cumpleaños feliz. Y no pude estarlo más. Me confirmaron que no estaba solo. El beso, el abrazo, la mirada, la sonrisa y el palmoteo en la espalda fueron muestras de una incondicionalidad emocionante. Eso y mucho más me hace pensar que “basta de lamentos”, porque esto continúa. Pero les pido: “No me hablen más de este caballero”.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Callar a los inocentes

Iris tenía 12 años y caminaba de sombrero, cartera, una blusa floreada y un shorcito rosado. Iris tenía 12 años y era prostituta. Desamparada, encontraba seguridad en un taxista que enajenado, hacía su ruta diaria por Manhattan. El taxista se pela, se hace tatuajes y le habla al espejo con una pistola en la sien. Pero sentía que tenía una razón por la cual estar ahí: Iris.
Pero Iris creció y se convirtió en Clarice. Clarice también tenía un pasado doloroso. La historia sugería una violación o violencia familiar por parte de su padre. Eso, hasta hacerse oficial del FBI donde le encargan el caso de Bufalo Bill, un psicópata que secuestra mujeres y las devora en su casa. Las tiene encerradas en una fosa, mientras él se trasviste. Para atraparlo, la dura Clarice se asesora de otro criminal: Hannibal “el caníbal” Lecter, un hombre con inteligencia superior que devoraba a sus víctimas y se las daba en la cena a sus invitados.
Después de una década. Meg Altman es una mujer divorciada, algo neurótica que llega junto a su hija a vivir a un enorme piso en Nueva York. La hija sufre de diabetes y tiene alteraciones de glicemia. Una noche una banda de asaltantes entra y lo único que les queda para resguardarse es una habitación fortalecida dentro del mismo departamento, donde pasarán encerradas durante todo lo que dura la historia. Tres años después, la misma Iris, que creció para ser Clarice y luego convertirse en Meg, toma el cuerpo de Kyle, una madre que en las puertas de la separación, toma a su hija y la lleva en el viaje inaugural de una compañía de aviones que ella misma ayudó a diseñar. Durante el vuelo, raptan a su hija y en la desesperación ella toma de rehén a toda la tripulación.
Todas son mujeres fuertes, con dolores, con historias pasadas. Son personajes derrotados o al límite. Son mujeres golpeadas por las circunstancias y que su carácter las describe por sus actos. Mujeres corajudas, valientes y duras. Jodie Foster nació para lucirse en la gran pantalla con este registro. Erica Bain es su nuevo desafío. Una conductora de radio, que en un paseo nocturno junto a su novio de color y su perro, es víctima de un ataque de una banda de delincuentes que asesinan a su prometido y a ella la dejan en estado de coma. Su personalidad cordial y enamorada cambia para transformarse en una mujer fría, ruda, dañada. Quiere tomar venganza por sus propias manos, y comienza a ser la anónima heroína de Nueva York, eliminando a todo delincuente que se le cruce enfrente. “The Brave One”, o “Valiente” como se llamaría en Chile, está dirigida por un director intenso. El realizador de la shockeante “El Juego de las Lágrimas” y la altamente conmovedora “El Ocaso de un Amor”. Hablo de Neil Jordan.
Quizás todos estos párrafos escritos se justifiquen por mi admiración por Jodie Foster, y no los podía dejar pasar. Pero la verdadera finalidad viene acá: “Valiente” no se estrenará en Chile. ¿Porqué? Por que la película, según los censores, es políticamente incorrecta para los nacionales que llenan las salas de cine. ¿La razón? El filme no se condice con la moral de justicia que se quiere implementar en Chile. Si la película hace alarde de tomarse la justicia por las manos, producto de un cuerpo de policía negligente, justamente es algo que no se quiere difundir en Chile. Ni siquiera como una expresión artística y audiovisual.
Le preguntaba a la encargada de prensa de Warner acerca de qué pasaba si, producto de las infinitas loas que ha recibido la Foster por este rol, la Academia y todos los premios venideros, la premian con una nominación, o incluso con una estatuilla… “¿Van a mantener la postura de no estrenarla comercialmente?”, “Por el momento así será. Si la gente la quiere ver, tendrá que arrendarla cuando salga en DVD”. Lamentable, y por dos razones. Estoy cansado de que se trate a la gente como infantes, como personas no pensantes a las que hay que dirigir el pensamiento. Me cansan los poderes fácticos que desde la oscuridad quieren manipular las conductas. Eso no es de sociedad en vías de desarrollo. Cómo se nos sale el provincianismo.
La otra razón es estrictamente cinematográfica. Se estrena tanta tontera en los cines (y me consta) y no se estrenan películas que abren la discusión, que generan movimiento y debate. Porque el cine debe también tener esa función. Porque uno busca entretención, claro está, pero si hay un valor agregado aparte, bienvenido sea. “Valiente”, lejos de lo valiosa artísticamente que puede ser –y lo es, porque tuve el placer de verla- es enriquecedora a nivel de la temática que plantea, porque el argumento ciudadano que toca siempre es un tema a nivel de agenda social. Porque consigue ser rupturista dentro de los cánones clásicos. Si le sacan esa absurda prohibición, no duden un segundo en verla.

viernes, 26 de octubre de 2007

Las Horas

Mrs.Dalloway said she would buy the flowers herself…

Se siente extraño organizar tu fiesta de cumpleaños sin el ánimo acostumbrado. Acostumbraba despedirse octubre para que todos los preparativos conmemorativos a mi nacimiento comenzaran a tomar forma. Y tal era mi entusiasmo, que así como la Señora Dalloway, me paseaba por la calle Mosqueto con flores frescas recién compradas. Personalmente, noviembre es el mes de la primavera, del sol, de la ropa más holgada y de los colores. Y aunque las flores que compraba poco y nada tenían que ver con la celebración de mi cumpleaños, las compraba. Algunas las regalaba y ya. Era como un ritual.
Este año no. Mi humor es como el de la película “Perdidos en Tokio”: contemplativo, melancólico, introspectivo, hasta un poco triste. A ratos me siento como Julianne Moore en “Las Horas”, casi obligada a prepararle la torta a su marido que está de cumpleaños. O como Nicole Kidman en la misma película, como Virginia Woolf reflejando su espíritu con el de un pajarito muerto que encuentran con su sobrina en el patio de su casa en las afueras de Londres, casi como la moderna señora Dalloway que interpreta Meryl Streep, cuando después de quebrar los huevos y batirlos nerviosamente en un bol, rompe en un desesperado llanto frente a Louis, la ex pareja de Robert, su amigo enfermo de Sida. Esto de la ruptura no ha sido todo lo fácil que pensé.
Llevo una semana con un resfrío que lo único que ha provocado ha sido aumentar el desgano y el mal genio. El pasado wikén durmiendo, literalmente, todo el fin de semana, congestionado y creo que hasta con un poco de fiebre. Y cuando creía que el cuadro viral iba en retirada, la madrugada del miércoles con mi amiga Bettie Page y buscando un lugar para la mentada celebración –en donde terminamos bebiendo cerveza y comiéndonos un creme brulée en el Gran Central- terminé con la garganta obstruída que se agravó después de una fría noche de canto con Soda Stereo en el Nacional. De eso, hasta hoy casi sin voz ni palabra que articular fonéticamente.
Las defensas me bajaron por una situación emocional compleja. Porque después de hacerme el valiente diciendo “no, si estoy bien, relajado. No se preocupen”, los lamentos igual llegan. Por todo lo que diste, por lo que esperaste, por que quizás te apresuraste en decidir el cierre de todo esto. Tantas cosas. Incluso porque, cuando crees que todo está entendido entre las partes, el aludido aparece haciéndose el desentendido con un “¿porqué no nos vamos a Buenos Aires?”.
Por otro lado, siento que celebrar un nuevo año de vida lo tengo completamente merecido, porque hartas cosas buenas me han pasado. Porque mi lado positivo trata de pensar que “la vida no se termina acá”, porque tengo una importante y siempre muy querida cantidad de amigos que parecen aumentar año a año, y han sido tan incondicionales. Porque necesito un subidón, un “cumpleaños feliz” cantado con fuerza animal y el excesivo cariño de siempre. Por mi parte, el lugar ya está decidido, los exclusivos invitados elegidos, las invitaciones enviadas. Solo queda esperar que este resfrío “poco gracioso” se vaya pronto. Y a celebrar…qué más da!