miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nada se pierde, todo se transforma

"Ansiedad, de tenerte en mis brazos, suspirando palabras de amor…"

Suena Nat King Cole y esto huele a nostalgia. La cándida fotografía de mi sobrino de 8 meses surtió el inesperado efecto. El peninsular se enterneció con su otrora “sobrino político”. Y no pudo más. ¿Me puedes llamar a mi casa?, me dijo. Yo titubée. “Dame diez minutos que termino de conversar con un amigo y hablamos” siguió. Y yo escueto con un “Ok, perfecto. Te llamo”. Me desconecto, apago el computador, libero torpemente el teléfono de una maraña de cable enredado. Quiero un cigarro, no hay fósforos. Cuando ya los hay, no logro prenderlo con habilidad. Miro el celular esperando que pasen los 10 minutos acordados. “Córtate los dedos, no lo llames. Hazlo esperar. Qué se pudra. Pero algo quiere, quiero saber”. Todo esos pensamientos pasaban a mil por hora. Eran 20 para las dos de la mañana, tengo que levantarme temprano porque tengo que ir al diario, por la tarde hacer una entrevista a un prominente escritor para un trabajo del postgrado. Y me da lata todo. Porque desde que esto terminó, así ando. Apático, desanimado, sin entusiasmo por nada. Ni siquiera por el cuarentón, adinerado, macizo, profesional y galán. El Mr.Big que me anda rondando y del que no hago más que escabullirme. Apenas sonó por el otro lado del auricular todo cambió. Volví a escuchar a la misma persona que disfrutaba hace unos cuatro meses, antes de su partida a Italia. Hablamos 45 minutos y fue un déja vú constante. Su tono, su ritmo, su intención. Era el mismo, parecía nunca haberse ido y parecía que nunca esto se hubiese terminado. Estaba calmado, sin que nadie le interfiriera el momento. Hablamos del trabajo, de su aún incierta estancia en Chile pero de sus ganas de quedarse por mucho tiempo. La tormenta de la ruptura había amainado en ambos. Hablamos de las probables conquistas o coqueteos que hubiésemos tenido durante este tiempo. Para los dos hubo, pero nada de importancia. “Todavía estoy como fatigado, incómodo por lo que pasó” me confesó. Nunca le dije que me pasaba lo mismo, sí le dije que no tenía deseos de estar con nadie. Nos reímos con un mensaje de texto que recibí el domingo de parte de él, donde me contaba que estaba comiendo un helado San Francisco de Tronco de Castaña, nuestro favorito, y como inmediatamente yo partí por uno igual. Hablamos de un video de you tube donde se mofan de Monica Belucci y nos reímos. Me contó que estaba saliendo poco (lo noté al verlo estas últimas semanas, todos los días conectado a Messenger), que se iba a Italia a pasar Navidad y Año Nuevo, que vuelve en enero porque tiene unos seminarios que realizar, que no sabe qué hará en febrero porque le han dicho que nadie anda en Santiago, y que en marzo termina su magister y si no encuentra trabajo estable, a su pesar, deberá marcharse. Pero no quiere y hará lo imposible por quedarse. A veces las conciliaciones resultan cuando son menos forzadas, cuando no hay por delante “un tiempo” o un “intentémoslo de nuevo” para cumplir. Es la primera llamada telefónica después que todo quedó irremediablemente atrás (después de su desubicada “runaway” el día de mi cumpleaños) y creo que es muy pronto para aventurarse sobre lo que va a pasar a corto plazo. Quiere que volvamos a conversar mañana, claro que un poco más temprano que hoy. Todo dice asegurar que retomaremos el ritual de las conversaciones telefónicas eternas que tuvimos en un primer momento. Me dice que no debo quedar atrás con mis clases de italiano. No le respondo nada claro. Lo único claro es que, a mi pesar, me siguen pasando cosas. Cosas que no siento por ningún otro y que al parecer no quiero sentir. Aún está presente, no se ha ido. Sigue marcando terreno y sutilmente no quiere ceder. Demostró celos cuando me preguntó altaneramente por “ESE” que me pretende. Después le dije que nunca le he fallado, a lo que asintió, y yo rematé con “acá el que ha fallado es otro”, y hubo un afirmativo silencio desde el otro lado. Y así. Momentos tensos pasados por terciopelo, porque fue una conversación descontaminada, voluntariosa, como de bienvenida. Y sí, quizás tropiece de nuevo con la misma piedra, pero cuando el sentimiento manda, nadar contra la corriente se vuelve inútil. Que pase lo que tenga que pasar.

“Si estás oyendo, vuelve. Ni siquiera saludes. Con la luz de la mañana, abre puertas a patadas. (Niño) vuelve que no hacen falta razones… Me muero por verte, volver a tenerte”.
Ese último momento. Alejandro Sanz
.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Yo no soy ese

Escucho canciones de amor, idealizo una relación de pareja, hago regalos, compro flores, invito a comer y me preocupo cuando está enfermo o tiene una dolencia. Pero… “yo no soy ese que tú te imaginas, la paloma blanca que le baila al agua, que ríe por nada…ese niño sí, no. Ese no soy yo”. Bien que la cantaba Mari Trini.
Es complejo darte cuenta que, en realidad, no eres así. Que todo forma parte de un simulacro, de la grandiosa actuación de tu vida: La de sentirte enamorado. La de cumplir el rol de “pololo, pareja o amante”. A ratos suena idílico provocar que florezcan los árboles, que suenen los pajaritos, que el encuentro sea furtivo e inolvidable como en la mejor película norteamericana, o tener conversaciones llenas de frases y reflexiones para el bronce (como los diálogos de Dawson’s Creek. Sí, veía D.C, soy viejo, me quedé en el pasado, ¿Y?). En fin, ahora que miro para atrás vi que monté la escenografía perfecta para que los actores se movieran a la perfección y dijeran sus parlamentos con claridad. La misma exactitud con la que embelesé a los espectadores y oyentes de mis aventuras. Algunos hasta me miraron con incredulidad ante lo extremadamente maravilloso y perfecto que sonaban mis relatos. Y era así no más. El esfuerzo por hacer funcionar “una máquina” que debía andar y provocar en mí, en mi pareja y en el resto, sentimientos de un momento inolvidable. Fue bonito, no lo dudo ni me arrepiento. Pero ya no más.
No necesité de ningún tipo de terapeuta para saber que, en realidad, no soy para eso. Desgraciadamente soy mucho más impersonal de lo que pensé. Afortunadamente soy una persona independiente, que goza de su libertad de moverse solo por el mundo. Que no le gusta que lo controlen, que si lo hacen saca a relucir su peor humor. Quizás lo mejor sea una relación a distancia, porque me aburre estar siempre tocando la misma tecla. Por motivos prácticos aún tampoco puedo: vivir con tu madre, ignorante de tu condición, súmale mi desinterés por desempolvar lo que creo que es un tema íntimo, propio y que si no quiero no lo cuento, da como resultado que me complique tener que cumplir con obligaciones de alojamiento y estancia permanente con una persona. Por más que la quiera mucho.
Creo que durante todo este tiempo cumplí un rol que está fuera de lo que mi esencia parece gritar a voces. Todo esto se resume a que no sé si quiera estar con alguien, como tradicionalmente se está. Sueno cínico, descreído y un poco frío. Sí, quizás lo sea. Egoísta y mañoso también. Pero deshonesto nunca. Creo que el amor es el sentimiento más maravilloso e incomparable que pueda sentir un ser humano vivo, pero hay acciones y actitudes que no se deben forzar para que lo que ya es perfecto, sea empalagoso. Quizás el papel del guión anterior me calzó a la perfección por cierta inmadurez, por el deseo quinceañero de ver las estrellas por las noches, por dibujar corazones en el cuaderno, o por tallar en los árboles las iniciales de tu nombre y el de él. Y no digo que esté mal, pero creo haber crecido. Disfruto de la compañía de alguien que respete mis espacios de la misma manera que yo hago con el resto. Seguramente esto de encaminarme poco a poco hacia la treintena me haga ver las cosas más como un adulto. El enfoque es distinto y soy otro.
Termino este relato escuchando en el iTunes una canción de Miranda! cuyo estribillo dice: “No voy a ser tu galán, fue la primera cosa que yo pensé…”. Justamente es eso. Es lo que hay.

lunes, 5 de noviembre de 2007

"No me hablen más de ese caballero".

No tengo casa en Miami, ni me he casado con un ex presidente. Tampoco tengo mi juego de maletas Louis Vuitton ni un penthouse en el barrio San Damián. Pero nos une a cada uno, un hombre peninsular. Uno que conocí a fines de marzo, y ella –contando desde la fecha que se hizo vox populi- en mayo. Ambos no queremos dar más explicaciones sobre nuestro romance. Terminó y punto.
En mayo, cuando el affaire Bolocco-Marocchino salió a la luz pública sentí que algo tenía en común con la diva de Chile. Porque no usaré sandalias ni haré comerciales de cosméticos para una de las grandes tiendas, pero tenía mi “cartita bajo la manga”. Un abogado de 30 años, proveniente de Roma, mi profesor particular de italiano, avecindado –en ese entonces- hace ocho meses en Chile-, que colaboraba académicamente para una universidad pagada y realizaba un magister en derecho internacional en una universidad pública. Intachable, un macho heterosexual por donde se le mirara. Serio, masculino y afable. Su sueño: trabajar para la Unión Europea en Latinoamérica. Quizás ese sueño fue el “tercero” en nuestra historia. A modo de análisis, al parecer él siempre tuvo prioridades mayores que la de formar una pareja.
No quiero parecer mal agradecido porque sentirme enamorado fue maravilloso. Nuestra aventura lo fue. El tiempo que duró fue un galán, y la distancia fue quizás lo que más dolió en todo esto. Porque enfrió lo que había, porque tanto ni yo ni él éramos los mismos después de su regreso desde Italia. Esa fue la impotencia que sentí después del quiebre, que las cosas no se hubiesen mantenido tal cual se dejaron, el darme cuenta que posiblemente el lazo que intentamos unir fue frágil cuando lo que más pretendí es que no fuera así.
Tantas cosas y tantas recriminaciones cuando una historia llega a su fin. Sin embargo, duele más el juego, a ratos perverso, de querer reconquistarte cuando el acuerdo de no seguir juntos ya estaba claro. Cuando te invitan a almorzar el día de tu cumpleaños, pero te anticipan que a la celebración que tienes en la noche no irá porque “se viaja con amigos del magister a Lima”. Esa doble jugada, bipolar y cruel, que en un comienzo sigue doliendo, pero que termina alejando más y confirmando desilusión y apatía.
Tengo mi Messenger dividido por categorías, al “signore” en cuestión lo tenía encerrado en la categoría “il mio amore”. Ayer, actualizando datos, lo arrastré hasta la categoría de “otros contactos”, al no encontrar otra donde encasillarlo. Y quizás esa haya sido la prueba más tangible de este rompimiento. Son gestos insignificantes pero muy reveladores. Son tus duelos propios. Cuando simbólicamente pones la lápida, la limpias, le pones flores y apoyas una de tus manos sobre ella para levantarte y dejar atrás. Y que se queden los buenos momentos y que la experiencia hable por sí sola en un futuro.
El viernes que pasó viví uno de esos encuentros que te dejan hinchado y sobreexcedido de cariños. Algo así como treinta voces –y faltó poco menos de la mitad- me cantaron el cumpleaños feliz. Y no pude estarlo más. Me confirmaron que no estaba solo. El beso, el abrazo, la mirada, la sonrisa y el palmoteo en la espalda fueron muestras de una incondicionalidad emocionante. Eso y mucho más me hace pensar que “basta de lamentos”, porque esto continúa. Pero les pido: “No me hablen más de este caballero”.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Callar a los inocentes

Iris tenía 12 años y caminaba de sombrero, cartera, una blusa floreada y un shorcito rosado. Iris tenía 12 años y era prostituta. Desamparada, encontraba seguridad en un taxista que enajenado, hacía su ruta diaria por Manhattan. El taxista se pela, se hace tatuajes y le habla al espejo con una pistola en la sien. Pero sentía que tenía una razón por la cual estar ahí: Iris.
Pero Iris creció y se convirtió en Clarice. Clarice también tenía un pasado doloroso. La historia sugería una violación o violencia familiar por parte de su padre. Eso, hasta hacerse oficial del FBI donde le encargan el caso de Bufalo Bill, un psicópata que secuestra mujeres y las devora en su casa. Las tiene encerradas en una fosa, mientras él se trasviste. Para atraparlo, la dura Clarice se asesora de otro criminal: Hannibal “el caníbal” Lecter, un hombre con inteligencia superior que devoraba a sus víctimas y se las daba en la cena a sus invitados.
Después de una década. Meg Altman es una mujer divorciada, algo neurótica que llega junto a su hija a vivir a un enorme piso en Nueva York. La hija sufre de diabetes y tiene alteraciones de glicemia. Una noche una banda de asaltantes entra y lo único que les queda para resguardarse es una habitación fortalecida dentro del mismo departamento, donde pasarán encerradas durante todo lo que dura la historia. Tres años después, la misma Iris, que creció para ser Clarice y luego convertirse en Meg, toma el cuerpo de Kyle, una madre que en las puertas de la separación, toma a su hija y la lleva en el viaje inaugural de una compañía de aviones que ella misma ayudó a diseñar. Durante el vuelo, raptan a su hija y en la desesperación ella toma de rehén a toda la tripulación.
Todas son mujeres fuertes, con dolores, con historias pasadas. Son personajes derrotados o al límite. Son mujeres golpeadas por las circunstancias y que su carácter las describe por sus actos. Mujeres corajudas, valientes y duras. Jodie Foster nació para lucirse en la gran pantalla con este registro. Erica Bain es su nuevo desafío. Una conductora de radio, que en un paseo nocturno junto a su novio de color y su perro, es víctima de un ataque de una banda de delincuentes que asesinan a su prometido y a ella la dejan en estado de coma. Su personalidad cordial y enamorada cambia para transformarse en una mujer fría, ruda, dañada. Quiere tomar venganza por sus propias manos, y comienza a ser la anónima heroína de Nueva York, eliminando a todo delincuente que se le cruce enfrente. “The Brave One”, o “Valiente” como se llamaría en Chile, está dirigida por un director intenso. El realizador de la shockeante “El Juego de las Lágrimas” y la altamente conmovedora “El Ocaso de un Amor”. Hablo de Neil Jordan.
Quizás todos estos párrafos escritos se justifiquen por mi admiración por Jodie Foster, y no los podía dejar pasar. Pero la verdadera finalidad viene acá: “Valiente” no se estrenará en Chile. ¿Porqué? Por que la película, según los censores, es políticamente incorrecta para los nacionales que llenan las salas de cine. ¿La razón? El filme no se condice con la moral de justicia que se quiere implementar en Chile. Si la película hace alarde de tomarse la justicia por las manos, producto de un cuerpo de policía negligente, justamente es algo que no se quiere difundir en Chile. Ni siquiera como una expresión artística y audiovisual.
Le preguntaba a la encargada de prensa de Warner acerca de qué pasaba si, producto de las infinitas loas que ha recibido la Foster por este rol, la Academia y todos los premios venideros, la premian con una nominación, o incluso con una estatuilla… “¿Van a mantener la postura de no estrenarla comercialmente?”, “Por el momento así será. Si la gente la quiere ver, tendrá que arrendarla cuando salga en DVD”. Lamentable, y por dos razones. Estoy cansado de que se trate a la gente como infantes, como personas no pensantes a las que hay que dirigir el pensamiento. Me cansan los poderes fácticos que desde la oscuridad quieren manipular las conductas. Eso no es de sociedad en vías de desarrollo. Cómo se nos sale el provincianismo.
La otra razón es estrictamente cinematográfica. Se estrena tanta tontera en los cines (y me consta) y no se estrenan películas que abren la discusión, que generan movimiento y debate. Porque el cine debe también tener esa función. Porque uno busca entretención, claro está, pero si hay un valor agregado aparte, bienvenido sea. “Valiente”, lejos de lo valiosa artísticamente que puede ser –y lo es, porque tuve el placer de verla- es enriquecedora a nivel de la temática que plantea, porque el argumento ciudadano que toca siempre es un tema a nivel de agenda social. Porque consigue ser rupturista dentro de los cánones clásicos. Si le sacan esa absurda prohibición, no duden un segundo en verla.

viernes, 26 de octubre de 2007

Las Horas

Mrs.Dalloway said she would buy the flowers herself…

Se siente extraño organizar tu fiesta de cumpleaños sin el ánimo acostumbrado. Acostumbraba despedirse octubre para que todos los preparativos conmemorativos a mi nacimiento comenzaran a tomar forma. Y tal era mi entusiasmo, que así como la Señora Dalloway, me paseaba por la calle Mosqueto con flores frescas recién compradas. Personalmente, noviembre es el mes de la primavera, del sol, de la ropa más holgada y de los colores. Y aunque las flores que compraba poco y nada tenían que ver con la celebración de mi cumpleaños, las compraba. Algunas las regalaba y ya. Era como un ritual.
Este año no. Mi humor es como el de la película “Perdidos en Tokio”: contemplativo, melancólico, introspectivo, hasta un poco triste. A ratos me siento como Julianne Moore en “Las Horas”, casi obligada a prepararle la torta a su marido que está de cumpleaños. O como Nicole Kidman en la misma película, como Virginia Woolf reflejando su espíritu con el de un pajarito muerto que encuentran con su sobrina en el patio de su casa en las afueras de Londres, casi como la moderna señora Dalloway que interpreta Meryl Streep, cuando después de quebrar los huevos y batirlos nerviosamente en un bol, rompe en un desesperado llanto frente a Louis, la ex pareja de Robert, su amigo enfermo de Sida. Esto de la ruptura no ha sido todo lo fácil que pensé.
Llevo una semana con un resfrío que lo único que ha provocado ha sido aumentar el desgano y el mal genio. El pasado wikén durmiendo, literalmente, todo el fin de semana, congestionado y creo que hasta con un poco de fiebre. Y cuando creía que el cuadro viral iba en retirada, la madrugada del miércoles con mi amiga Bettie Page y buscando un lugar para la mentada celebración –en donde terminamos bebiendo cerveza y comiéndonos un creme brulée en el Gran Central- terminé con la garganta obstruída que se agravó después de una fría noche de canto con Soda Stereo en el Nacional. De eso, hasta hoy casi sin voz ni palabra que articular fonéticamente.
Las defensas me bajaron por una situación emocional compleja. Porque después de hacerme el valiente diciendo “no, si estoy bien, relajado. No se preocupen”, los lamentos igual llegan. Por todo lo que diste, por lo que esperaste, por que quizás te apresuraste en decidir el cierre de todo esto. Tantas cosas. Incluso porque, cuando crees que todo está entendido entre las partes, el aludido aparece haciéndose el desentendido con un “¿porqué no nos vamos a Buenos Aires?”.
Por otro lado, siento que celebrar un nuevo año de vida lo tengo completamente merecido, porque hartas cosas buenas me han pasado. Porque mi lado positivo trata de pensar que “la vida no se termina acá”, porque tengo una importante y siempre muy querida cantidad de amigos que parecen aumentar año a año, y han sido tan incondicionales. Porque necesito un subidón, un “cumpleaños feliz” cantado con fuerza animal y el excesivo cariño de siempre. Por mi parte, el lugar ya está decidido, los exclusivos invitados elegidos, las invitaciones enviadas. Solo queda esperar que este resfrío “poco gracioso” se vaya pronto. Y a celebrar…qué más da!

miércoles, 17 de octubre de 2007

Down with Love

Sin un par de Manolos, pero con zapatillas Diesel y chaqueta Christian Lacroix, terminaba triunfante un negro fin de semana largo bailando al son de una música electrónica imperfecta, y en la mano, un inmejorable cosmopolitan en el Bar Central el domingo pasado por la noche.
Celebraba una temporada de buenas cosechas profesionales que me tienen felizmente ocupado haciendo lo que me gusta, lo que siempre soñé. En el momento preciso y en el lugar indicado. Celebraba, quizás anticipadamente, mi reingreso al mundo de la soltería. Porque la viudez temporal que por meses cargué se transformó en desgano y desencanto. Esa maldita distancia que cambia y hace ver las cosas de distinta manera. La distancia que trae consigo mesura, y en mi caso nuevos proyectos personales/profesionales que me hicieron revisar con detención si era vitalmente necesario mantener lo que había. Y al parecer no. Estoy acomodándome a un nuevo ritmo, y al parecer, durante el transcurso no hay tiempo para algo comprometido y serio. Porque no está la atención y el interés que le quisiera dedicar. Por ahora no, más adelante bienvenido sea. Espero.
Lo mejor de todo es la armonía y la paz que dejó una (siempre triste) ruptura. No hubo platos ni sartenes volando por los aires. Incluso más, cerramos todo prometiéndonos amistad y cariño. Buena onda, porque fuimos para ambos inolvidables. Un beso y una fraterna sesión del mejor sexo fue el cierre de un capítulo encantador en mi vida. Idílico, para muchos in-creíble. Pero fue más que real, y a varios les consta.
Pero debo reconocer que el domingo, antes de pisar el Bar Central y mucho antes de concluir esta historia, sufría la apatía del desencanto, de que no hubieran resultado las cosas como las pensé, y todas esas pequeñas y grandes cuchilladas que uno se proporciona cuando vemos que lo que tenemos se va por la borda. En ese momento, mi querida amiga Bettie Page –a la que imaginaba en la terraza de la casa de veraneo de su novio junto a sus suegros- me envía un alentador mensaje que proponía irnos de copas y perdernos por la ciudad. Acepté, cómo no. Había que borrar cualquier rastro de vegetatividad de mi entorno más próximo.
Y entre un encantador chico que oficiaba entre garzón y medio administrador del lugar, y otro que, bailando, pasaba a llevar fuertemente a mi amiga cuando me corría de su lado y no podía regalarme una masculina y sugerente mirada, terminó una agradable noche de domingo víspera de feriado, en un Santiago más desértico de lo que cualquiera se pueda imaginar, y con el último de los especímenes citados, siendo devorado a besos por una bruja antes que cayera ante los embrujos de quién les escribe.
Rewind. Antes del llamado, leía la revista femenina del diario de mi competencia donde aparecía un completísimo artículo que contaba la vida de Sarah Jessica Parker. Sí, la célebre Carrie Bradshaw que pretende volver a sus andanzas en Nueva York con sus tres amigas, pero ahora desde la gran pantalla a partir del mayo del año entrante. Y recordé a Mr.Big. Qué gran personaje. El inconquistable e incomprometido. Irrefrenable e Irresistible. Inevitable e i… (súmele todos los i que quiera). Chris Noth, el actor detrás del personaje. Una de las principales causas por las que no me perdía la serie. Todo lo que uno puede soñar. Algunos no estarán de acuerdo, pero según mis cánones, no podría pedir más. Sí que habían razones para envidiar a Carrie.
Pero como a nadie le falta Dios, al señor Perowne tampoco. Extrañas circunstancias me han cruzado con mi propio Mr.Big: Masculino, macizo, cuarentón, adinerado, profesional e incombustible galán. Todo en uno. Pero está en stand-by. Por más que insiste excusándose en halagos en cuánta intervención mediática hago viernes a viernes (o algunos sábados) en el medio en el cual escribo, aparece con un llamado, un mail y eternas loas con intereses creados. Y ha sido paciente, y yo he sido valiente. Nunca me dejé rendir a sus encantos (que no son pocos) mientras pasaba mi época de fiel viudo esperando que llegase el peninsular. Y él, mientras le resumía mis estados de ánimo, levantaba un panegírico a la autoestima, que me revitalizaba, llegando casi a imprimir uno de sus mails que era mejor que cualquier terapia o libro autoayuda tipo Paulo Coelho o “Quién se ha robado mi queso?”.
Y persiste. No sabe de mi actual condición, y pretendo aún no confesárselo, porque se tirará como abeja a la miel. Ha sido persuasivo y tenaz. Alguna vez, encaprichado, me dijo que jamás perdía o dejaba de lado algo que le robara el sueño. No sé si lo está logrando, pero por el momento deseo mantener la distancia. La ruptura es muy reciente e involucrarme en otra historia podría resultar desastroso. Pero sigo aquí, con la cabeza cuadrada de tanta película, pero afirmándome y dejándome querer.

jueves, 20 de septiembre de 2007

bella sin/con alma

Mi teclado pesa y piensa. Se ha demorado en decidir si contar esta historia o no. Cuando decidió hacerlo, tuvo otro conflicto: Cómo contarla. El siguiente relato viene a cerrar una trilogía de mujeres características en cualquier círculo social existente (la egocéntrica, la promiscua y, ahora, la infiel). Seguramente a muchos de ustedes les haya incomodado ciertas descripciones y características de las anteriores. Siempre se habla de este tipo de personajes a escondidas, en susurros, por detrás. Molesta mirarnos al espejo y poner en evidencia que todo lo que hablamos con ese desparpajo acostumbrado a la hora del chisme puede estar escrito en un blog para conocimiento público. Para algunos este puede ser un ejercicio cruel (y en parte lo es), pero prefiero pensarlo como un ejercicio más honesto que el acostumbrado.
Juzguen ustedes si esta historia, es una historia de infidelidad o de amor. Personalmente pasé por los dos estados, pero estoy convencido y adhiero a la segunda opción.
Libertad es una joven profesional. Mientras estudiaba la carrera que hoy ejerce, se convirtió en la alumna estrella, la mejor de su generación. Siempre con una actitud serena, relajada y nunca protagonista. Era un talento silencioso pero productivo. Libertad es una mujer discreta, sensata. Educada en una familia de clase media acomodada en un barrio tradicional del gran Santiago. Hasta el año pasado llevaba 8 años de noviazgo con quién se casaría en diciembre. Luego de una exitosa práctica profesional en un prestigioso suplemento cultural, Libertad fue requerida para la sección de Cultura y Magazine de una revista que se obsequia con el diario de su entonces competencia. Así pasó todo su 2006, entre planificando su matrimonio y haciendo artículos que pretendían ser interesantes pero que solo sacaban bostezos. Pero no era su culpa. Su novio, un ingeniero conservador, fanático del motocross se iría un día después del bullado casamiento, a Los Ángeles, California, a estudiar un MBA en UCLA. Y Libertad como buena y fiel esposa lo acompañaría hasta el fin del mundo si fuese necesario.

“Aquel mensaje que no debió haber leído, aquel botón que no debió haber pulsado. Aquél consejo torpemente desoído, aquel espacio era un espacio privado. Pero no tuvo ni tendrá la sangre fría ni la mente clara y calculadora. Y aún creyendo saber en lo que se metía, abrió una tarde aquella caja de pandora…”

Escribiendo esta historia se me cuela una canción de Jorge Drexler llamada “La infidelidad en la era de la informática”, que iré intercalando a partir de ahora. El momento en el que Thomas Perowne, sí el mismo que les narra, se ve involucrado indirectamente en esta teleserie.
No entiendo como Libertad dejó que todo lo que viene sucediera y llegara a esos extremos. Contaré la historia tal cual se dio. Libertad se casó en un matrimonio auspiciado por los padres de ambos. Se veían preciosos y todo fue muy bonito, según lo que me contaron. Al día siguiente, el novio dejaría Chile para reencontrarse con su amada en el mes de febrero en el país del Tío Sam. Libertad se fue en febrero, imagino que atormentada y no tan feliz por la historia que dejaba en Chile…
Llegó marzo y Thomas debía inscribir ramos en el magister que realiza. Le llega un correo dando aviso de este trámite y en su remitente aparecen todos los inscritos a los cuales le enviaban el mismo anuncio. Uno de esos correos era el de Libertad. Extraño. La imaginaba en la ciudad del cine, con mucho sol y palmeras, planeando su año probablemente estudiando algo. Pero no.
Thomas acude a la toma de sus ramos, y pasa a saludar a su querida profesora y encargada de todos los trámites de titulación de los egresados. Le cuenta en qué anda, y le pregunta si ha sabido algo de Libertad. Ella le dice “Ah! Que no supiste? Libertad está de regreso en Chile. Su novio la mandó de regreso luego que le pillara su casilla de correos abierta con mails de su amante en Chile”.

“Y la obsesión desencripta lo críptico, viola lo mágico, vence a la máquina, y tarde o temprano, nada es secreto en los vericuetos, de la informática…”

El amante de la aludida era uno de sus compañeros de trabajo de la revista. Casado y padre de un hijo de casi dos años y uno de siete meses de gestación. Insatisfecho de su matrimonio, cuando sabe que Libertad se viene de regreso a Chile (ella lo llama desesperada desde el aeropuerto de Los Ángeles. Lo mismo hizo para avisarle a su familia) decide romper con su esposa diciéndole que la deja porque está completamente enamorado de otra mujer (sic).
El novio engañado, destrozado y valiéndose de las amistades de su padre en la empresa editorial donde el amante de su esposa trabajaba, se encarga de que las máximas autoridades sepan del caso. Pero en vez de estos despedir al periodista, lo que hacen es cerrarle las puertas para cualquier oportunidad de trabajo a la mujer que viajaba por el Pacífico de vuelta al Chile de sus orígenes.
Para más, el conservador novio engañado, le pide la nulidad eclesiástica a Libertad, mientras él es presa de una profunda depresión, que lo tiene hasta la fecha en tratamiento, y con constantes visitas de familiares hasta su residencia en los Estados Unidos.
Thomas supo todo esto en menos de cinco minutos, y quedó en shock. No podía creerlo. Y más cuando conocía a Libertad, al novio y al amante (había trabajado con él durante su práctica profesional). Y era tan fuerte la historia que todo le impedía tener un juicio. Es más, todavía no sabe si lo tiene (no sé si sería bueno tenerlo). Lo único que piensa Thomas hoy, luego de haber sido informado de una de las historias humanas más asombrosas que hubiese escuchado nunca ( y que sólo había visto en teleseries), es que por más que hubiesen errores en la manera que Libertad hizo las cosas, éstas ya fueron así. Y aunque ahora Libertad luce un estado de ánimo menos interesado, más oscuro y apático, luce de la mano y junto con ese hombre que hoy se atreve a mostrar en cumpleaños y celebraciones. Y se ve feliz.

martes, 18 de septiembre de 2007

El Primero

Hay personas que jamás dejarán de existir en tu vida. Personas que dejaron recuerdos imborrables, marcas imposibles de arrancar. Eduardo, y uso su nombre original, representó aquel momento de cambio e incertidumbre. En su figura remito todo el gran descubrimiento que significó autodefinirme bajo la condición sexual que llevo actualmente. La llegada de Eduardo a mi vida significa, quizás, el gran quiebre del inicio de mi vida adulta.
Nuestra relación duró un año. Comienza en la Nochebuena del 2004, y termina a mediados de enero del 2006. El 2005 fue un año difícil en lo personal. Práctica profesional, fin de la carrera, entrega de tesis, examen de grado y Eduardo. Un vendaval que trajo consigo todo lo que soy, sentimental y emocionalmente, hoy. Era el fin de una etapa, la del estudiante, y el lógico comienzo de una vida adulta, en donde supuestamente debía salir al mundo, mostrarme y valerme de manera autónoma e independiente. La búsqueda incesante de trabajo, la incertidumbre por lo inútil que se hacía esa búsqueda, y el acomodo a esta nueva condición que apelaba a mi mundo interior. Día tras día, era una muerte y un renacer simultáneo. Y ahí estaba Eduardo, esa personalidad intensa y compleja, que como bien supondrán, no siempre hizo las cosas más fáciles. Corrijo: Nunca las hizo fáciles.
Pero me entregué a sus vaivenes, a esas noches tormentosas que podían terminar en el mejor de los romances, o en un quiebre que me dejaba llorando por horas. Así de extremo. En ese momento, ingenuamente, creía que así era el amor, tomé una actitud asistencialista y protectora en cada una de sus crisis. Quiebres que serían la antesala de las consecuencias que vive actualmente.
Agradezco su presencia porque su llegada me significó volver a creer, volver a sentirme interesante y atractivo para alguien. El amor es un estado incomparable, que en sus altos y bajos, está la vida misma. En sus vericuetos te sientes más vivo que nunca antes. Eso me pasó con él, y que era algo que hace un buen tiempo no me sucedía.
Fue una relación tormentosa, sí. Ninguno quería dejar al otro, por más que lo intentáramos en reiteradas ocasiones. Pero llegó enero del 2006, tiempo de relajo, de cabeza fría y descanso. La universidad quedaba atrás, y comenzaba a programar mi año fuera de las aulas. Dejé mis dos grandes vicios hasta ese entonces: Los cigarros y a Eduardo. Porque hubo un “suficiente, esto se acaba acá” de mi parte. Pocas veces había tomado una decisión tan radical, valiente y necesaria. Lo que estábamos viviendo no era sano, no tenía un horizonte claro, y era un desgaste que no podía aguantar más. La despedida de rigor más que pena, trajo un cansancio difícil de explicar, era un agotamiento sicológico y social que duró un buen tiempo. Nuestra separación trajo consigo un cambio en mi pensamiento, en cómo pensar y abordar mis relaciones sentimentales. Podría decir que hay un antes y un después en mí en ese momento. Dejé de creer, o por lo menos así como venía creyendo. Caí en una insensibilidad y una apatía a la que nunca había asistido, En marzo de ese año, me fui a Buenos Aires en plan de sanación. Caminé, escribía mucho en las calles, sentado con mi libreta, lloré también. Fue mi exorcismo y mi duelo. Luego había que empezar algo distinto.
El proceso de sanación siguió en el taller literario al que comencé a asistir. Durante gran parte de ese año escribí una historia inspirada en mi experiencia con Eduardo. Era un proyecto de novela que permanece inconcluso. Con Eduardo hablamos en forma esporádica después de aquello, cada vez menos. Ambos tomamos caminos distintos. Mi vida comenzó a brillar gracias a gente que conocí ese año, y otras que venía conociendo hace cinco y cuyo cariño se consolidó. Estuve solo sentimentalmente ese año, quería tomar aire y descansar. Mientras la vida de él parecía oscurecerse, o por lo menos estancarse. Constantes faltas a su trabajo, tratamientos siquiátricos para tratar un cuadro de esquizofrenia que se le venía agudizando desde nuestra relación, pero que lo acompañaba desde mucho tiempo antes. Pero yo estaba en mi proceso y no quise involucrarme, por mi salud mental, en algo que había dejado atrás por voluntad propia. Hace tiempo que no sé nada de Eduardo. De eso hasta hoy...
Se conecta al Messenger y me saluda amablemente. Extraña nuestro contacto, me pregunta como estoy y que ha sido de mi vida. Yo contrapregunto y responde: "Hace cuatro meses estoy internado en el Hospital Psiquiátrico tratando mi esquizofrenia". Me estremecí. Me impactó. Jamás pensé que llegaría a ese extremo. Me dice que está bien, pero sabe que no le creo. Sentí tristeza, impotencia, me hizo recordar algunas historias pasadas que viví con él. Comenzaron a caer involuntariamente algunas lágrimas. Y fueron más. Me dice que cree que aún le queda un buen tiempo ahí, que está con permiso para estar con su familia en fiestas patrias, pero que vuelve a internarse mañana después de la hora de almuerzo. Lo amé, sí y mucho. Siempre existirá un cariño que hará que desee su bienestar dónde y con quién esté. Por eso la pena. Termino preguntándole si le gustaría que lo vaya a ver al hospital. Me dice que estaba esperando que se lo pidiera. Que tiene muchas ganas de verme.

miércoles, 29 de agosto de 2007

being Rupert Everett

Esto de volver a escribir para la prensa nacional ha disminuido mis ratos de ocio y tiempo libre. Agréguenle maratónicas jornadas de seminarios de magíster con profesores españoles que me tienen “hasta la ostia”. Todo sea por verme convertido en editor. Ahora bien, hay roles en la vida para los cuales uno no necesita de grados académicos. Convertirte en el mejor amigo gay es un papel que muchos desarrollan con mayor o menor suerte desde hace un tiempo. Cuando se instauró en nuestra sociedad que entre ellas tener un amigo gay era cool, ese a quién contarle todo, salir de compras, entrar al baño y hasta al probador de ropas juntos. Ese que conoce cada síntoma de “tus días”, el mismo que te consuela de tanto “jote”, recaída o canita al aire que te das de vez en cuando. El amigo fiel que no te mira con otros ojos, ese hermano con el lado femenino desarrollado que siempre quisiste tener. El mismo que, además, es amigo de tu novio, porque no lo ve como amenaza alguna. Por último, el que te salva de cualquier entuerto (menos cambiarle una rueda al auto, ni arreglar la gotera del baño). Con mayor y menor intensidad. Cuán menos y cuán más estereotipado, tengo tres amigas, cada una por separado, que me ven como su mejor amigo gay. El prototipo más cercano a Rupert Everett que pueden atesorar.

Empecemos por Bridget Jones. La que disfruta su primer año independiente a las faldas de “mami”. Bridget, tal como su heroína literaria y cinematográfica, vive entre desencuentros amorosos, encuentra torpes cada una de sus intervenciones sentimentales, le ha costado asumir su fisonomía como tal, aceptarla y quererla tal cual. Tenemos historias familiares en común, hablamos de las mismas estupideces y nos reímos de ellas, tenemos un código y un lenguaje difícil de descifrar. Podemos hablar horas por teléfono, somos fanáticos del sushi, de las revistas extranjeras y del buen vivir. Ambos nos criamos en barrios tradicionales, lejos de lo high class, pero nuestro gusto y licencias, son las del burgués más insoportable. Bridget es una hija del rigor, una mujer con cojones, que anda por la vida con una coraza de dureza y de una aparente parqueza que intimida, pero que si la conoces un poco más es de una sensibilidad conmovedora. Siempre hemos creído que somos hermanos karmáticos, jamás hemos envidiado el avance profesional que hemos dado cada uno por su lado, al contrario, nos alegramos como si fuera el propio. Con Bridget nos emocionamos cada vez que vemos “La Boda de mi Mejor Amigo”, esa misma emoción que traté de acallar el día de nuestra titulación, cuando Bridget al vernos a los dos titulados y con el sueño cumplido, me abraza y rompe en lágrimas. Y para calmarla, mientras todos alrededor veían la escena como un acto de impresionante complicidad, le cantaba entre susurros y lentamente: “The moment I wake up, before I put on my make up…say a little pray for you”.

Seguimos con Kylie. Si, por Kylie Minogue. Cada vez que ando con ella por la calle soy el centro de atención. Sus ojos y sus poses son igualitas a la australiana que canta “Love at first sight”. Kylie es la novia de mi mejor amigo, y por ende se transformó en una de mis más queridas amigas. Mi amigo partió este año a Buenos Aires a estudiar. Dejo sola a nuestra Kylie, y yo he tenido que ser su paño de lágrimas, su consejero, el que está pendiente de ella cuando se enferma (que no han sido pocas veces durante este año) y el que le saca una risa en los momentos difíciles. Compartimos gustos musicales y costumbres fashion. En Buenos Aires somos peligrosos. Guarden dinero y tarjetas porque no paramos. No nos cansamos de compras y vitrinas, y yo la sigo a todas, con la paciencia que se requiere. Ella conmigo, por las iguales. Nuestra Kylie hoy vive un proceso de incertidumbre, un cruce de caminos complejo. Su relación no anda de lo mejor, pero debe crecer y madurar. Esto la ayudará a ser y a convertirse en esa mujer fuerte que necesita ser. Porque resulte lo que resulte de todo esto, Kylie saldrá vencedora, por su tenacidad, su entrega y su entereza para soportar tanto vaivén inestable. Por lo pronto, yo solo le digo a mi “princesa de cuento infinito, que tan solo pretendo que cuente conmigo…”, porque “él no te ha visto temblar esperando, una palabra, algún gesto, un abrazo…él no te ve como yo, suspirando…con los ojitos abiertos de par en par, escucharle nombrarle…ay, amiga mía, lo sé y él también”.

Termino con un personaje conocido por todos. Bettie Page. Con Bettie la atracción fue casi inmediata, pero cuando nos agarramos ya no pudimos soltarnos. Somos como un imán, llevamos tres meses de amistad sin freno, y no queremos que esto pare. Somos los mejores confidentes, nos llamamos o nos mandamos mensajes de texto a las horas más impensadas. Bettie Page conoce todas mis correrías y mis historias. Y ella me ha contado las suyas. Hay momentos en los que no es necesario ni siquiera hablarnos para decirnos algo, porque con una sola mirada ya sabemos lo que estamos pensando. Esta unión ha sido tan intensa que, quienes nos conocen, se quedan asombrados, y piensan que nos conocemos de un tiempo mucho mayor. Me he quedado a dormir en su casa, y hemos conversado hasta el amanecer. No hay mayor filtro, nos contamos todo y siento que nos necesitamos cada vez más, pese a que nuestro querido Nachito ahora le quite parte de su tiempo. Nos une nuestro gusto por Italia, por las papas fritas, por la moda y el diseño, por las revistas extranjeras, y en especial, por el chocolate Cadbury de Yogurt con Frutilla. Un placer que, a diferencia de los modelitos que nos gustan, sí podemos compartir.

martes, 21 de agosto de 2007

el jaque mate de Bettie Page

El sábado fue una nueva noche. Los tres. El triángulo perfecto, ese que es mejor no narrarlo en 300 páginas para no revelar las debilidades de otro triángulo literario, ese que hoy es superventas y adorna miles de veladores de chilenos con esa foto de la cama desarmada y de sábanas blancas.

Fue una noche que comenzó de manera impensada en el Hoyts de la Reina, en pleno SANFIC, y en el estreno de una película chilena de poco presupuesto, parásita de David Lynch, de esas que pretenden contarte algo, pero que te hacen la vida imposible y no entiendes nada. Siguió en un bar cervecero de Irarrázaval, los tres en medio de un plato gigante de papas fritas. Mi amiga, que para la ocasión llamaremos Bettie Page, con una taza de café para capear el frío a pesar de su impermeable negro tan chic, Nachito atesoraba un viril vaso schopero lleno de cerveza de la casa, y el señorito Thomas, con su inevitable copa de Pisco Sour. La noche estaba fría, pero entre nosotros el ambiente era cálido, resuelto, fraternal. Nachito nos abrazaba a ambos, uno a cada lado. En los pasillos del Hoyts también anduvimos así, hasta que encontramos el sillón de Los Simpsons para sacarnos eufóricos unas fotos.

La reunión siguió en el departamento de mi querida Bettie Page, a estas alturas ya nuestra casa club. Dos botellas de vino, tres copas, Nacho y yo tirados en su cama de dos plazas, y Bettie leyéndonos sus refrescantes columnas, muy a lo Carrie Bradshaw, y muy lejos de esos bucólico-pastoriles escritos que Consuelo Aldunate publica cada martes. Entremedio, hubo declaraciones sutiles pero reveladoras. En un momento en el que Bettie Page se dirigía al toillete, y en clara ayuda a mi amiga, enfrenté a éste y le pregunté qué le parecía Bettie, que yo creía que detrás de su pose reinvindicativa y para muchos intimidante, existía la persona en busca de cariño. Así como todos. En otras palabras, que si pretendía algo, que lo hiciera y no temiera.

Sí, me hice a un lado. Nacho no puede ser más que un gran amigo para mi. En ese momento este triángulo se disolvió. Creo tener más que suficiente con lo que tengo y no quiero más. Ahora solo dependía de Bettie, la intocable, la alérgica a los “jotes”, a los enrollados. Ella, la de mal genio, la mujer del siglo XXI por antonomasia: independiente, con las cosas claras y opinión propia. Esa con cero instinto maternal, que hasta ese día aún vagaba entre tres galanes (o cuatro) que rondaban a su alrededor. Entre ellos, nuestro Nachito. Él más deseado.

Eran casi las cinco de la mañana. O casi las seis, ya no me acuerdo. El vino había sido mucho y comenzaba a hacer efecto. Como el burgués que soy pedí mi acostumbrado radiotaxi. Ese último rato intentamos unos pasos de baile, yo irracional con el “Drop it on me (Muévete Duro)” de Ricky Martin, y el Nacho intentando torpemente armar unos pasos de salsa. Besos y abrazos. Me fui. Todo quedaba en manos de mi querida Bettie Page.

Hasta hace un rato. Martes a las 2 de tarde. Bettie Page dio señales de vida. Un fin de semana abducida bajo los encantos del Nacho. Lo logró. En la comuna de Providencia parece florecer la primavera. Noches, almuerzos, tardes y cariños juntos. Él le confidenció que hace rato intentaba algo y no se atrevía. Ella se dejaba querer. “Es tres veces más adorable de lo que pensábamos”, me confesó alucinada. Mi querida Bettie se siente contenta y diría que hasta enamorada desde el otro lado del auricular. No sé que va a pasar cuando se muestren en sociedad. Nuestra Bettie Page ganó por jaque mate. Salud!