Y desde aquellos famosos ejemplos, hasta los más comunes y cotidianos, estas chicas se las traen. Pueden hacer hasta lo indecible por estar “arriba” (interprételo como quiera). En una universidad, cuyo arancel bastante elevado, permite que la mayoría pertenezca a una clase acomodada, y sólo unos pocos esforzadamente puedan estudiar, se nota, si no inmediatamente, con el correr de los años, quién es quién. Por sus amistades, por el colegio que egresaron, por sus apellidos, por sus autos, sus ropas, o simplemente por ese charm que uno que otro destacado expele.
Mariana era una chica bastante normal, nada de fea. Diría guapa y atractiva de frentón. Seguramente, con uno que otro ejemplar tuvo su discusión y rompió lazos, como a todos les pasa, pero según mi opinión, no era una chica conflictiva, sino más bien alguien bastante sociable. Demasiado. Sobre todo con el sexo opuesto. Así abundaron las malas lenguas durante los cinco años que duró la carrera. Uno y otro, “que pase el que sigue” parecía ser su máxima. Yo, Thomas Perowne, no podría especular, ni afirmar o negar al respecto porque no fui ni presa ni testigo de sus encantos. Pero hubo víctimas (y no tan víctimas) que sí admitieron haber caido a sus redes de placer. La nueva presa de nuestra Marianita, era comentario fijo después de cualquier fiesta o evento universitario extra académico.
Antes de egresar, Marianita era redactora de noticias y artículos culturales del único diario oficialista. Entrevistó a cuánto escritor, artista o músico-underground-cool se le pasara por delante. Porque aunque bailara cuanto axé, reggaeton, merengue, salsa o cualquier música pachanguera, ella hablaba de Macchu Picchu y del musical de Los Jaivas, leía a Pablo de Rokha, a Enrique Lihn y a Roberto Bolaño. La chica quería limpiar su imagen envuelta en faldas cortas de tul, brillantina en la cara y peinados vaporosos. Aunque todos sus compañeros la desconocieran vestida así en la ceremonia de titulación, todos preguntándose “De dónde se escapó esta trabajadora de la calle San Camilo??!!” Pero era nuestra Mariana, tratando de aparentar glamour, brillo y exceso en el evento donde saldría nombrada Legalmente P_ _ _ periodista.
En cuánto fue redactora de noticias y artículos en el diario, las lenguas venenosas no pararon de conjeturar que su puesto lo había conseguido con esa siempre eficiente dosis de encanto, tan suya y efectiva que encandiló a varios compañeritos. Y no se equivocaron. Hace un par de meses, la veo de la mano, comprometida seriamente con su jefe, el editor de ese mismo género y del mismo lugar donde hincó su pluma y hoy se luce con sus publicaciones dominicales. Nuestra Marianita, otra más de nuestras cenicientas, lo había logrado.